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jueves, diciembre 04, 2008

Un episodio breve (cuento)


Mato una mosca con la mano. Se levantó y se dirigió hasta al baño para lavarla. No encontró jabón, así que abrió lo suficiente la llave, para sentir su palma completamente limpia. Se fue a la cocina y destapó una cerveza del refrigerador. Observó por la ventanilla que daba al patio a su mujer jardineando. El sol de la tarde, se colaba por la persiana verde, cubierta de plástico.

Tomó un par de copas y se dirigió a hasta la pieza del computador. Se sentó en el sofá cama, se acercó al teclado y vertió la cerveza en las dos copas. Se quedó esperando mirando la pantalla. Luego dio un sorbo a su copa servida, y repasó en su mente la historia que había planeado desde la mañana.

Dicha historia versaba sobre un joven matrimonio, recién instalado en un pueblo de más al norte. Ambos profesores. Ella una mujer delgada y silenciosa, hija única de un acaudalado empresario minero. Él, un tipo alto de barba clara y abultado abdomen, titulado hacía un par de meses, en una tradicional universidad capitalina.

En dicha historia al maestro, había dado en llamarle Javier Solanas. Quien se encontraba en espera de un cupo de maestro, en un prestigioso colegio Jesuita del pueblo. En tanto que a ella, de nombre Graciela Alvarado Menezes, había procurado la noble tarea de acompañarle en el cuidado del terreno, heredado de sus padres recientemente fallecidos, unos seis meses atrás, en un lamentable accidente aéreo.

Hasta aquí había avanzado con su relato.

Mientras tecleaba, su mujer trabajaba afanosamente en la limpieza del patio, hasta donde había llevado seis macetas plásticas, con distintas flores, traídas de un invernadero de propiedad paterna, en las afueras de la capital.

Se escuchaba al otro lado de la habitación el rastrillo, rasgando una y otra vez sobre la tierra, y de fondo a las aves que anidaban en el sitio colindante al terreno, donde se erguían imponentes, cuatro frondosos sauces, al pie de un angosto cauce de riego.

Él la imaginaba en shorts ocres y polera blanca. Y a ratos se preguntaba si debía ayudarla o continuaba con su trabajo, frente a la pantalla de la PC.

Finalmente resolvió asistirla. Tomó el rastrillo del suelo y comenzó un poco a tientas, a rasguñar sobre una mezcla de tierra grisácea y huevillo, recubierta por un delgado pelillo amarillo, todo reseco.

Ella arrancaba la maleza con unos guantes grises de género. Juntando la hierba cortada en una esquina mientras él, ahora con el azadón en las manos, se quedaba de a momentos muy quieto, mirándola.

La casa no era grande. Cuatro habitaciones pequeñas, la cocina y el baño, más un patio cubierto de matorrales secándose, bajo un tendedero hecho con cables telefónicos, apoyados en dos largos tubulares de fierro oxidado.

La habitación donde escribía estaba casi desnuda. Un sofá cama y una silla reclinable junto a la computadora, sin imágenes pegadas en los muros o fotografías enmarcadas, sobre el único mueble instalado junto al escritorio.

Trabajaron hasta bien entrada la noche. Luego ella regó un poco, y él guardó las herramientas en un cajón, junto a los peldaños de la cocina.

Para entonces, sólo el ruido del computador se escuchaba al interior de las habitaciones, y de tanto en tanto, algunos grillos entre la maleza que restaba por quitar.

Cuando él regresó hasta su silla, la habitación se encontraba en penumbras. Con la ventana del patio entreabierta y el visillo ligeramente descorrido por el viento. Prendió la luz y descubrió contrariado, una decena de moscas, mosquitos y moscardones, de muy distintos tamaños diseminados entre el sofá y el cielo raso. Como negras pecas o grotescas costras oscuras, inmóviles.

Se quedó en el dintel de la puerta un instante, contemplando la desagradable sorpresa. Recordando imágenes de la TV, las que luego desechó por fantasiosas. Pensó en la faenadora de carne al otro lado del río, e incluso en el insoportable calor de toda esa semana, en la zona central del país.

Se dirigió tras el esquinero, a desconectar la pastilla de veneno y luego, fue en busca de un matamoscas celeste, colgado tras la puerta del baño.

Ella entró a la cocina y lo vio atravesar el pasillo, en dirección al dormitorio, sin cruzar palabra alguna. Sólo al llegar a la habitación y prender las luces, se percataron de la presencia de otra docena de moscas, posadas lúgubremente sobre las almohadas y los dos veladores. Dos o tres reposaban sobre las frazadas y otro par revoloteaba en lo alto, alrededor de la ampolleta de centro, acompañadas esta vez por tres o cuatro polillas, y una enorme mariposa nocturna.

Se miraron sorprendidos y ligeramente asqueados, pero ninguno pronunció una palabra. Repitieron desconectando las pastillas de veneno y después aguardaron.

Él mantenía en su mano el matamoscas, y calculando la distancia más corta, asestó un violento golpe sobre la díptera más cercana. Dos pequeñas manchas negras y rojas quedaron en la rejilla plástica. Luego intentó sobre otras dos en una pared, pero esta vez sin mucho éxito. Persistió en sus intentos y logró contabilizar a seis. Al cabo de un rato en apariencia, las había exterminado a todas. Ella cogió de la mano de él el matamoscas, y prosiguió con la tarea en la pieza contigua. Y así por el pasillo hasta el comedor, intercalando movimientos violentos con gestos sutiles. Caminando y observando en derredor con sumo cuidado para no delatarse.

Cada tanto él le susurraba, para indicarle la proximidad de una díptera, o le señalaba con los dedos el repentino vuelo de una polilla hacia la pieza de al lado. En esto estuvieron un buen rato, al cabo del cual, convinieron en pasar a la cocina a prepararse un par de sándwiches con bebidas, para descansar.

Abrieron las puertas del muebles, y sacaron el pan de molde, la crema, una bolsa con tomates y un enorme palta negra. Se dirigieron al comedor y se sentaron a la mesa. Allí pasaron media hora entre el silencio y la penumbra. Percibiendo cada tanto, el vuelo rasante de un mosquito o el deambular cercano, de un chirriante moscardón.

Recogieron los dos platos y luego prosiguieron con la tarea. Ambos estaban de acuerdo en exterminar de la casa, a la amenaza recién descubierta. Así que cerraron las ventanas de todas las habitaciones, y desenchufaron el resto de las pastillas con el veneno verde. Prendieron las luces de cada pieza y comenzaron con la barrida metro a metro, centímetro por centímetro. Esparcieron insecticida en aerosol en pequeñas cantidades, en lugares predeterminados y específicos. Nuevamente se turnaron con el matamoscas cuando la presa estaba a un palmo de distancia. Avanzando despacio. Muy lentamente. Casi agazapados.

Poco antes de la medianoche, dieron con el último espécimen, rascándose con las patas traseras sobre la pantalla del PC. Calcularon con tiempo ese golpe, para no dejar una marca irremediable en el equipo. Luego, limpiaron con un trapo naranjo, rociándole desinfectante.

Él tomó la aspiradora y la pasó por el piso alfombrado con diminutos cadáveres negros. De algunos, sólo quedaba un ala suelta o una pata nerviosa, medio recogiéndose. En otros, un pedazo de abdomen con una o dos patas adheridas. Estaban regados por casi toda la casa. Algunas de estas manchas se arrastraban pesadamente, bajo la cómoda o la cama. Otras, sacudían inútilmente sus extremidades en el aire, como arrancando. De las polillas, sólo quedaba un polvo gris brillante, y de los mosquitos, un amasijo de patas con alas irreconocible. La mariposa nocturna, yacía reventada contra una pared en el dormitorio de ellos. También fue retirada.

Finalmente, una pequeña corte de diminutas moscas fue descubierta, diseminada entre el pasillo y la pieza donde ronroneaba el PC.

Acabaron de trapear en las paredes y después de eso, cada uno retomó lo que adeudaba de sus actividades.

Él continuó con sus escritos y ella optó por tomarse una ducha. Fue hasta el calefón y regresó con una gruesa toalla del tendedero. Él observó la botella de cerveza vacía, y una cajetilla de cigarros a medio terminar. Miró en la pantalla el cursor apenas tintineante. Presionó Enter, y se extendió en otra media docena de párrafos más.

viernes, noviembre 28, 2008

Cuento.


Reconoció su rostro en el espejo y en él, a un par de pliegues por las sábanas. Los ojos hinchados y en la boca, un monedero abultado, descascarándose.

Aquella madrugada fue demasiada para su cuerpo exánime. En la misma habitación de un par de semanas antes, ahora tendida boca abajo con las palmas extendidas bajo las almohadas.

La observaban dos espejos biselados, uno a cada lado sobre las paredes recién estucadas.

Revisó en su bolso buscando cigarros, pero estaban en el suelo desparramados a un costado de la cama. Cogió uno, y luego otro, pero no los encendió, y se quedó pensando en la ciudad al otro lado de los visillos.

Deslizó la planta de sus pies a través de la colcha, al tiempo que desenredaba con flojera, las hebras de su cabello.

Estaba cansada y ligeramente nerviosa. No deseaba acordarse pero la traicionaban aquellos flashes de la noche. De repente algunas voces, pero ninguna palabra.

Recogió su brazo derecho, y lo colocó entre sus piernas apretando suavemente, mientras sentía el calor disipándose. Luego, respiró hondo. Se percató con extrañeza, de que no lograba sonreír y con esfuerzo obtuvo, sólo una mueca irreconocible.

Se irguió pesadamente para verse en el espejo de la cabecera, pero lo que en ella descubrió, la puso triste.

Recordó por un instante a su padre fallecido, y a su madre en una cama destartalada de hospital.

Se acomodó de lado, como a punto de nacer; mientras desde la calle, se proyectaban unas sombras azuladas.

Al otro lado de la pared, una mucama, comenzaba con el aseo.

martes, noviembre 25, 2008

Abandonada...


Uuff!!

A estas alturas del partido con ese historial promedio, mejor una buena y simpática PLR. Tu coso no te sirve para nada, es más, creo que sólo te produce cefaleas y para aquello, nada mejor que un Tapsín forte con punta de acero bien puesto, total, para triturarse los sesos amargamente y gratis, resulta mejor mamarse la Teletón completa.

Yo les he recomendado en todos los tonos posibles, dejar de pasarla mal amparando seres que no valen la pena, y más encima promediando con ellos como si tuviéramos un karma adherido a la planta del zapato. Por mi parte, insisto, no vale la pena continuar con esas relaciones. Mejor es cortar por lo sano, e invertir en alguien que: o nos guste y llene proporcionalmente más que lo que nos duele, o bien derechamente alguien que nos importe un comino, pero que nos de la mercancía cuando importa. Si no, estaremos siempre a merced de despertarnos con hachazo y medio, o con dolores de muelas y el autoconcepto jibarizado. Y todo por acompañar a él, o la mérmela de turno.

Corazones en verdad solitarios, y con ansias de más en este mundo ¡uníos! Proletarios de la soledad y aquellos que de apoco despiertan a la realidad, no creen que sería mejor, buscarse algo que en serio nutra nuestro ser, y no una lapa sucia que se pase el día chupándonos, la poca energía que llevamos???

¡Chao con las amarguras que sólo nos empujan para abajo!. ¡Pare de sufrir!

Hoy mismo en una tienda, conversaba con varias amigas que empezaban a trabajar en el rubro comercial, todas abrumadas por el stress del nuevo emprendimiento, cansadas pero con empuje. Aperrando en todas, varias de ellas con hijos y más encima, anudadas a hombres que las trataban ahí no más y ellas, las incoherentes y afiebradas por un amor estúpido, no atinaban a nada mejor, que quejarse amargamente soportando que unos brutos connacionales y promedio, se las pelaran todo el tiempo, pasándoselas por el aro. ¡Noooo señores…! Hay que sincerar el desconsuelo de una buena vez.

No más a las relaciones enfermantes y poco juiciosas, que nos tienen al tres y al cuatro, a las querellas y esos estúpidos recuerdos de tiempos mejores. No a las patologías de base que algunos tienen (y que no se dan cuenta).

Y ya que sacas a tu familia al baile, déjame decirte que también exhibo un patético numerito en mi familia. En la misma parada del dejarse hacer de todo, onda que le metan la mano a la billetera como si nada y el pastelito, como si nada, todo en nombre del amor y de su absurdo enamoramiento. Es triste, y no me acabo de convencer.

En fin. Si la vida va a ser vivida a saltitos de mínima felicidad, mejor darle vuelta de una y empezar con otra cosa. Quizá Belén, tu “coso” aún no madura o le falta levadura y hartos gramos pal kilo, qué se yo. Ahora, por lo que te conozco, mejor ve buscando algo mejor y a tu nivel para vivir. Yo aprendí esa lección hace tiempo. No más metidas de pata, o caminar en el aire.

No más insatisfacción. Mejor es que te decidas de una, y lo mandes a freír. Yo por mi lado, te dejo todo mi respaldo en lo que optes por hacer.

Y es cierto mujer. No existe el príncipe azul y mucho menos la princesa encantada. Sólo hombres y mujeres que: o nos convienen o no. Así de fácil.

Besos!!!

lunes, noviembre 24, 2008

Si te he visto no me acuerdo.


No se que tanto problema se arman ustedes con el tema de los recuerdos. Yo olvido al día siguiente salvo claro, las cátedras de don Toribio, el profe de lineal.

Cada vez que paso por su sala como que se me vienen los recuerdos de sus fórmulas y ejercicios, en esas largas guías de trabajo que el viejito nos dejaba. Ahora las releo nada más que para mantener mis habilidades al día. Pero en asuntos con faldas del pasado, nada. Aunque la crespa diga lo contrario y se pase riendo de mi, todo el tiempo.

No me acuerdo de ninguna. Siquiera de la primera, de esa que siempre alegan, marca tanto o para toda la vida. Así que disculpen mis estimados de ella, ni una palabra. Desapareció de mi vista por allá, lejos. No me acuerdo ni de su sonrisa. Aunque hay un aspecto que ni con alzheimer, se me escaparía: nuestro primer beso.

Ya que estamos con lo de la primera vez me confieso. He pecado claramente y no me arrepiento. Ese beso fue extraño. Como muchas experiencias de pequeño.

Fue prematuro e inexplicable, de repente y sin aviso previo (para remarcar). Y aunque de puro juego, fue la primera vez que tocaba unos (¿vírgenes?) labios de chicuela. Ella estaba muy bien para sus pocos años. Era preciosa (y recalco, era). Perseguida y anhelada por una competencia con más pinta (el Pablo), con relativas buenas notas y un encanto, que hasta el día de hoy conserva (y no pregunten cómo lo se).

Luego de eso, lo demás no cuenta, y disculpen a mis ex parejas, pero sin ser esto un deporte tiene bastante de marca. Me refiero a batir marcas mejorando el puntaje obtenido. Soy de la idea que hay que mejorar constantemente y no al revés.

Si mejoro mi marca significa que opté por un mejor partido. Una mina más en mi parada. Con mejores expectativas y un futuro más prometedor, aunque no hubiera planes de nada, y mucho menos me refiero al dinero.

El asunto corresponde a no bajar en tus propias estadísticas, metiéndose con alguien que sabes, no te conviene. Quiero decir, una mujer que te tire para abajo, o te meta en tetes y a la que luego de un tiempo, acabes desconociendo.

Quizá, eso es lo único que en el fondo, siempre recuerdo bien. No promediar o nivelar para abajo. Y claro, sé que alguna por ahí dirá: “shuuu… cómo si este hubiera sido la tremenda cosa…” pero de puro picada claro. Porque al menos, siento que he mejorado cuali y cuantitativamente a medida que las conozco más, y de pasada mejor me armo (de estructurar).

Eso es todo lo que me gusta recordar, vamos mejorando en calidad y poniendo más ojo en los detalles. No renegando ni arrepintiéndose, salvo por aquello que no hice.

La verdad, no hay mejor etapa que la actual, la que ahora estoy viviendo. De no ser por el desafortunado y abrupto detalle con la Sigrid… pero eso, ya es otra cosa.

No me pidan recordar la primera vez muchachos. Que me consumo por completo de puro espanto. Lo que vino después de eso pasa sí o sí, al cardex de los documentos clasificados.



Saludos!!

PD:1

Yo no soy tu niña, así que da casi lo mismo lo que opine respecto a tus intenciones en la escritura. Más aun cuando hables de tus “muertos” pasados (de moda)
La mía mi escritura, aunque no la hago para el resto, se entiende perfectamente la intención. Si es agresiva, se siente la roncha. Es un hecho, sino los espectadores ni opinarían.
Mis intenciones, pueden ser buenas o malas.
Como tú lo dijiste, empecé con el pie izquierdo en tu sagrado sitio y si no lo conociera desde antes, me sorprendería de las cosas que salen de aquí. =O
Hay sentimientos!!!, si señores.
Tu escritura en ocasiones es soporífera y no se entiende, uno se queda como en puntos suspensivos (¿y que quiso decir este?)
Mi escritura es visceral, por eso la respiración acelerada y el golpe final. ¿Alguna vez le haz dado un combo en el hocico a alguien?, es como eso.
Espero escribir algo diferente, para que veas que también puedo variar.
Tu escritura es del diario vivir, pero, sin sentir, a veces. Yo se que sientes... pero ¿porque solo se ve esa expresión cuando estas embobado con una mina o cuando odias (en especial a los cumas)?... también tiene que ver con la respiración.
No puedo decir que es todo malo.
Hay unos escritos tuyos que ufff!!!, te los envidio… y no es envidia sana, esa cosa nunca ha sido sana.
Me gusta tu lenguaje, aunque a veces eres demasiado relamido.
Sorry por el PD largo, pero ya que hablaremos de respirar, me tome mi rato para la bocanada de aire.
Otra cosa... no es difícil decir poto, ¡vamos que se puede!
Te quiero mucho amigo mío. Los amigos de verdad se dicen las cosas a la cara.
Yo no estaré todo el rato alabándote, lo haré cuando corresponda.
Si hablaras conmigo al MSN o nos tomáramos un copete por ahí, claro que te diría otras cosas además. Pero tú, no tienes tiempo!!!
Besotes

viernes, noviembre 21, 2008

Puro dando jugo...


Yo no quiero ir a la guerra porque hace rato que descubrí el amolll… y me entretengo en eso, pero que no suene a desprecio, o a que tengo el corazón de lata orinado de perros; más bien ocurre que siento y me dejo llevar, sin hacerme demasiados líos por eso. Antes sí que era un drama. Que con ella si, pero platónicamente, a la distancia y guardando la compostura… lamentable… O así como un amigo, que conoce a un amigo, que es capaz de dejar todo de lado por la mujer que quiere, aunque ella no lo valga, y sea más soporífera y mojigata, que una siesta después de la parrillada, pasando de la infancia a la adolescencia. Una lata mayúscula. Y con los viejos dando vueltas como moscas y nosotros espantando el humito…

No me agradan las confrontaciones a cuatro manos, pero reconozco haberme peleado a combos más de un par de veces, e inclusive declaro haber desarrollado una sospechosa y crónica nostalgia, por derramar un poco de pegajosa sangre ajena de prójimo. Sobre todo después de eso largos períodos de paz y quietud, después del receso universitario, cuando todos los compañeros se iban de la zona de veraneo, arrastrados por sus pololas de turno, o menguando el dinero a sus viejos. Así que con los golpes, he pasado por una Darwiniana evolución, desde la edad simiesca a la del neardenthal. Al principio el temita me dio bastante susto, y como que no supe qué hacer o reaccionar y la pasé por muy amermelado y mamoncito. Me faltaba aprendizaje para estirar los codos y endurecer los nudillos (que a todo esto no son los que golpean). Pero como no hay un mal pendejo que dure para tanto, cierta mañana después de un carrete en masa en la playa de Zapallar, nos dio por ponernos a cubierto en unos roqueríos que hay hacia el final de la bahía; unos peñascos como murallones que hacen una especie de ronda, ideal para guarecerse cuando el cuerpo pide el relax post caña. Ahí no más nos topamos de lleno con un par de vecinillos conocidos de veranos anteriores, súper carreteros y buenos para la jarana, molestosos y macheteros desde cabros chicos, casi en coma etílico. Así que de entrada nos pusimos somáticos y como si nada, echando la talla y tirando indirectas entre los nuestros. Obvio que se dieron cuenta los cromagñones y al ratito como que se les borró de la cara la sonrisa. Se pusieron a murmurar y en la mala, lanzando al aire las botellas de chela y whisky, con la mala suerte para ellos que los alcanzó de lleno la segunda que tiraron. El tipo quedó para la historia, llorando, y chillando como una niñita y nosotros muertos de la risa y espantados, mareados a punto de salir corriendo, pero el par de niños estaban tan borrados que nos agarraron a pedradas y care palo, a tirarnos los golletes quebrados y los potos de las botellas. Entero de cumagresor y enfermos, no quedó otra que darle al asunto pero con la chaqueta en el brazo y agarrando cuanto palo pillamos en el borde, y ahí claro, dentro de todo, estábamos más enteros y con el cuerpo menos blando, pero igual pascual. Por huevetas. Ellos 4 nosotros 6. Ellos lona, nosotros entrando a picar. Pero con 15 igual da miedo. En esos días no era llegar y armar rosca, menos de invitado de gente que a penas conoces. Al final quedamos con algunos cortes en la cabeza y empapados en copete. Como al día siguiente nos pasamos a la playa de al lado no nos toco dar con los pacos, ni ponernos a hacer declaraciones como a ellos si. Nosotros estábamos más repuestitos como dijo mi hermana Coté, en el mirador a la entrada, por los cerros, ahí donde practican parapente.

Así con un par de veces ya en el colegio. Y cada tanto con las ganas pero sin palos ni botellazos, ni arena en la cara ni rasmilladuras. Ahora me declaro abstemio. Y prefiero salir de vez en cuando a caminar con la Sigrid. Bueno, caminaba…

En todo caso el amoll la lleva y eso me deja bastante mejor que esas contadas salidas de madre, del tipo guerra total o guerra sucia, tirando a los pendejos derrotados a la entrada del mar, entero de curados…