viernes, noviembre 28, 2008

Cuento.


Reconoció su rostro en el espejo y en él, a un par de pliegues por las sábanas. Los ojos hinchados y en la boca, un monedero abultado, descascarándose.

Aquella madrugada fue demasiada para su cuerpo exánime. En la misma habitación de un par de semanas antes, ahora tendida boca abajo con las palmas extendidas bajo las almohadas.

La observaban dos espejos biselados, uno a cada lado sobre las paredes recién estucadas.

Revisó en su bolso buscando cigarros, pero estaban en el suelo desparramados a un costado de la cama. Cogió uno, y luego otro, pero no los encendió, y se quedó pensando en la ciudad al otro lado de los visillos.

Deslizó la planta de sus pies a través de la colcha, al tiempo que desenredaba con flojera, las hebras de su cabello.

Estaba cansada y ligeramente nerviosa. No deseaba acordarse pero la traicionaban aquellos flashes de la noche. De repente algunas voces, pero ninguna palabra.

Recogió su brazo derecho, y lo colocó entre sus piernas apretando suavemente, mientras sentía el calor disipándose. Luego, respiró hondo. Se percató con extrañeza, de que no lograba sonreír y con esfuerzo obtuvo, sólo una mueca irreconocible.

Se irguió pesadamente para verse en el espejo de la cabecera, pero lo que en ella descubrió, la puso triste.

Recordó por un instante a su padre fallecido, y a su madre en una cama destartalada de hospital.

Se acomodó de lado, como a punto de nacer; mientras desde la calle, se proyectaban unas sombras azuladas.

Al otro lado de la pared, una mucama, comenzaba con el aseo.

2 comentarios:

Belen dijo...

Mish!!!
Escribe...
Ahora, habra que apuntarle a que quieres decir... mmm

El Editor Jefe dijo...

Sospecho que desea imitar a Carver, claro que sin su ritmo, sólo será cuestión de ejercitar. Ahora si puedes, regrésame mi libro de cuentos de Carver please? =P

Buen intento!

Saludos!